Antes de llegar a Rivera, por la ruta 5, uno ya lo puede ver.

El Cementerio Central es lo primero que se divisa en el horizonte. Con su color piel. A veces muy pálido y a veces… se asemeja a la carne humana.

Quizá si se agudiza bien la vista, se puede ver salir de él, una columna de humo negro que nace en la morgue que se ubica en el del lugar.

Si con la nariz ponemos más atención, el olor a muerte sale como un efluvio del infierno, invadiendo algunas cuadras a la redonda y por qué no, todo el barrio.

Nada daba más tristeza que llegar a Rivera y ser recibido por aquella gigantesca necrópolis que devora muertos desde tiempos inmemoriales.

Allí comparten lugar tumbas lujosas, con ángeles de bronce que miran el cielo. Flores naturales que se cambian todas las semanas. Pero también existen tumbas sin nombre, de mendigos muertos, forasteros sin rostro que encontraron morada en algún nicho invadido por alimañas carroñeras.

Es raro pensar en lo extraño que es mirar las esculturas del cementerio. Los ángeles lloran lágrimas de mugre, pero muy a menudo, muchas personas que trabajan en el mantenimiento del local, dicen que notan sutiles cambios en las estatuas. Sí. Estaban así, pero no tan así. La mirada cambió de lugar. No sé cómo, pero durante la noche, este angelito cambió su mirada y sus alas ya no están tan altas. Quizá ya no quiere llevar al muertito al cielo- Dice don José. El cuidador del cementerio.

Uno nunca sabe lo que puede encontrar en tan inmenso y asombrado local.

Desde una reunión de niños muertos, que corretean entre los panteones, hasta el espectro de una persona que tuvo su cuerpo abierto en la morgue y vaga triste por las noches, aturdida por la idea de haber sido dejada allí sin tener el privilegio de un velorio, con solo tres asistentes mirando como sellaban su nicho con mezcla de mala calidad.

La mujer había sido encontrada en su casa. Había muerto a causa de una caída en el baño, y en Rivera el mes de enero se hace sentir por su hiperbólico calor.

Un vecino dio el aviso. De aquella casa salía un olor insoportable, y se manifestaban en la ciudad, días que rayaban los 40° en la canícula.

El oficial casi por desmayarse, forzó la cerradura y al entrar la vio. Cerca de la puerta del baño, con una mueca de horror en la cara, hinchada como una descomunal morcilla blanca.

Tan gigantesco era su tamaño debido a la fermentación de la putrefacción, que tuvieron que cortarla en trozos para que pudiera entrar en un ataúd donado por la municipalidad. De ella salieron un sinfín de larvas de moscas y ruidos de gases oscuros que emulaban un grito de auxilio. Los propios forenses (acostumbrados a esas lides) se turnaban para salir de la morgue a vomitar y muchas veces a rezar.

Otros hablan de los gatos del cementerio central. Y es verdad. Cuando uno pasa frente al mismo, los animales se arremolinan en la entada, lamiéndose y ronroneando cada vez que una procesión se acerca. Como si se alegraran del nuevo muerto que ahora, entra en su mundo.

Algunos dicen que pueden sentir en sus bigotes la calidad del alma del fallecido.

Si los miramos con atención, notamos que ven algo que está allí, cerca del ataúd, pero que solo ellos pueden ver. A veces se van de cerca del recién fallecido e ignoran su tumba hasta la noche.

No cesan las historias de que algunos de esos gatos, logran (luego de un considerable esfuerzo) abrir grietas en las tumbas más precarias y alimentarse de los cadáveres, relamiéndose y maullando cerca de los cipreses que rodean la parte central. Haciendo un ruido que nadie quiere oír.

Paro en otras tumbas, los animales encuentran cierto refugio, como si el alama que permanece todavía cerca del cuerpo, les ofreciera consuelo o mimos.

Igualmente, lo más aterrador de todo, es que por las noches sin luna, se pueden divisar a los niños del cementerio.

Un grupo de pequeños que fueron enterrados sin madre, sin rezos y sin despedidas. Los fantasmas vagan, jugando inocentemente por entre las lápidas. Se toman de la mano y cantan bajito, sin llorar, pero con una enorme tristeza que hace con que sus bocas se vean terriblemente grandes y deformadas.

Cuenta la leyenda, que un cuidador nocturno dejó su puesto en la entrada del cementerio y se dirigió al sitio en donde creyó escuchar un canto muy lindo, no obstante triste.

“A la rueda, rueda, de clavo y canela. Dame un vintén que me voy a la escuela…-“

Cuando Mario se acercó, puedo verlos. Un grupito de niños, casi bebés que le cantaban a la noche, casi llorando, sin hacer mucho alboroto para no molestar a los padres que nunca tuvieron, ni nunca tendrán.

Mario arrojó lejos la linterna con la intención de salir del lugar lo más rápido posible.

En su cabeza resonaba su conciencia ¿Para qué saliste de la caseta? ¿No te dijeron que en noches sin luna no tenés que andar caminando por ahí?- Se daba golpes en la cabeza mientras corría, tratando de auto flagelarse y de arrancarse la imagen de los niños con bocas rasgadas y descomunales.

En ese instante, se petrificó.

Escuchó muy cerca de su nuca la cancioncita que había escuchado en la rueda infame.

Una araña de hielo, descendió desde su cabeza hasta tomarle delicadamente la mano.

En la oscuridad pura de la noche, solo una pregunta resonó bien cerca de su aterrado oído

¿Mario? ¿Querés ser mi papá?-

El aullido de espanto cortó la noche.

El huérfano buscaba un padre, quien fuera, y al parecer lo había elegido a Mario.

El mismo hombre, nunca más fue a trabajar, y hasta el día de su muerte se lo veía hablar con alguien que no estaba allí.

Le daba consejos a las paredes, abría caramelos de frutas y los dejaba por los rincones, hacía gestos con la mano como si estuviera acariciando una cabeza que se alejaba menos de 80 centímetros del suelo. A veces se lo escuchaba decir. Te amo mi chiquitito-

Muchos relatos como este encierran los muros del cementerio, y muchos de ellos nunca se sabrán con seguridad debido a que el guardia que por las noches cuida a los muertos, no sale nunca de su caseta. Solo contempla de lejos los rastros de las almas en pena y escucha casi llorando el canto de los niños que ya no pertenecen a este mundo.

Eduardo Raphael Ficher

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